Exagera, que no es poco
Llamadme tiquismiquis, pero no puedo evitar en algunas reuniones familiares volverme insistente con ciertos temas: «Tu hijo está tirando petardos donde están los coches». Mi primo me suelta: «Eres más pesado que un collar de melones». Una «gracia» que no tiene gracia porque antes se lo escuchaste a tu abuelo, a tu tío… ¡Ya podrían inventarse algo!
Es un mecanismo tan simple:
Es/eres más/menos + cualidad + que + objeto.
Con esta fórmula mis primos podrían crear sus propias comparaciones exageradas como esta: «Eres más pesado que un calzoncillo de hormigón».
Pero la exageración puede funcionar sin apoyarse en la comparación… Lo veremos con un millón de ejemplos… más o menos.

Faemino cuenta a Cansado una visita al dentista:
FAEMINO: Y me dice el doctor: «No se asuste». ¿Por qué?, ¿qué pasa? Y dice: «Ay, uy, ay». ¿Se acuerda usted de la funda que le puse el año pasado? Pues dentro me dejé 11.000 millones de pesetas, en calderilla”».
El teatro ríe. La cantidad es disparatada. Como hoy 111 millones de euros en calderilla (teniendo en cuenta la inflación). La pregunta que debemos hacernos es: ¿vale cualquier exageración para este monólogo? ¿Conseguiría el mismo efecto si Faemino cambiara los 11.000 millones de pesetas por 11.000 millones de pepitas de manzana u 11.000 millones de elefantes?
El dinero es algo que todos manejamos, poco o mucho. Pero no reparamos en las pepitas ni tenemos elefantes en el balcón.
La exageración no solo juega con grandes cantidades. En Austin Powers, el doctor Maligno ha pasado treinta años congelado y cuando despierta en 1997 propone un plan:
DR. MALIGNO: Este es el plan: nos hacemos con la cabeza nuclear y pedimos por el mundo un rescate de… ¡UN MILLÓN DE DÓLARES!
Un millón de dólares para los simples mortales era cantidad de dinero para un simple mortal, pero ridícula para pedir al mundo. Sobre todo, teniendo en cuenta que la organización criminal del Dr. Maligno no se mantiene de donaciones.
Como vemos, el humor con la exageración no depende de «mucho» o «poco», sino de qué es «mucho/grande/más» o «poco/pequeño/menos» en comparación con qué. 11.000 millones de pesetas en calderilla es demasiado dentro de una muela y 1 millón de dólares es muy poco para reclamar al mundo.
La vida de los objetos
Hasta ahora hemos hablado de exageración como un problema de cantidades: cuánto dinero cabe en una muela, cuánto se le puede pedir al mundo. Pero la exageración también puede revelar un comportamiento inesperado de un objeto.
Un titular de El Mundo Today durante una ola de frío:
Muere un hombre en Teruel por un golpe de calor al abrir el frigorífico.
Esta exageración no suma ni resta cantidad. La gracia está en que se rompe una expectativa sobre el frigorífico: al abrirlo no sale frío de él, al menos no tanto como el que hay en el ambiente.
Es posible romper cualquier expectativa sobre un aparato: mi robot se fue de casa al ver las pelusas del pasillo, la cinta andadora corre parada más que yo.
La percepción del personaje
Hemos visto que la exageración tiene que ver con la medida de las cosas y las expectativas sobre el funcionamiento de los aparatos. Pero hay una exageración que depende de la percepción que tiene el personaje sobre sí mismo.

Milhouse interpreta un simple gesto de amabilidad de Lisa Simpson como una muestra de amor. El caballero oscuro de Los caballeros de la tabla cuadrada pierde todos sus miembros y aún considera que puede ganar una lucha de espadas. Buzz Lightyear se percibe como un héroe espacial en Toy Story.
Por supuesto, si Milhouse acosara a Lisa entraríamos en el territorio del drama. Lo mismo ocurriría si Buzz Lightyear acabara con sus compañeros al creerlos poseídos por alienígenas. La cuestión es cómo distinguimos cuándo la percepción del personaje funciona como comedia o como drama. ¡Son dibujos, Javier! Sí. Y yo hablo de mecanismos.
Parece que el humor se mantiene mientras la percepción exagerada solo afecta al propio personaje: Milhouse se humilla, se expone, sufre él. Buzz cree que es un héroe espacial: se golpea contra paredes, hace el ridículo. La exageración crea daño, vergüenza o molestia al propio personaje. Es lo que sucede al Dr. Maligno con sus maquinaciones en Austin Powers y a Julia Roberts cuando intenta sabotear la ceremonia en La boda de mi mejor amigo.
¿Y qué pasa con Deadpool, que hace daño a otros y aun así nos reímos? Lo primero es que Deadpool se humilla a sí mismo a propósito, y sus víctimas funcionan como obstáculos, no como personajes con los que empatizar, y porque la ruptura constante de la cuarta pared nos recuerda que estamos viendo un exceso caricaturesco, no una legitimación de la violencia.
Como vemos, la exageración no consiste en hacerlo todo más grande (Godzilla no tiene gracia) sino en medir mal. Poner mucho de algo donde no cabe, pedir poco cuando debería pedirse mucho, que un aparato se comporte como no esperamos o permitir que los sentimientos se desborden… por nada.
Antes de exagerar una escena, una línea o un personaje, conviene preguntarse: ¿Esto es mucho o poco? ¿Qué cosa puede funcionar como no se espera?
Contradicción y contraste

En Breaking Bad (3×01), un Walter White agotado, frustrado, en albornoz junto a una piscina, pone dinero en una barbacoa y le prende fuego. En cuanto ve cómo los fajos empiezan a arder, se sobresalta, trata de sacar el dinero con las manos, se quema el albornoz, tira la barbacoa a la piscina con el dinero y, a continuación, se arroja él. Es difícil no reírse con ese salvamento desesperado.
El gag funciona porque el arrepentimiento de Walter es instantáneo. No se debate entre la ética y la necesidad. Simplemente, ve el dinero quemarse y va al rescate.
Imaginemos otra versión: Walter quema todo el dinero. Más tarde llegan las facturas del tratamiento contra el cáncer. Su mujer comenta que el frigorífico ha muerto. Su hijo pide dinero para el viaje de fin de curso. Si, tras esa sucesión de escenas, vemos a Walter fabricar meta otra vez, no hay chiste. Solo drama.
Pero la contradicción cómica no siempre consiste en mostrar una acción y, a continuación, otra opuesta.
La contradicción al carácter
El Sr. Monk, un detective que llama «dios blanco» a la lejía y está obsesionado con la limpieza, está desquiciado por la huelga de basuras en la ciudad. Cuando descubre que las pruebas del crimen están en un camión de basura que huye, se agarra a la parte de atrás. Con un asco infinito, con náuseas, tira la basura a la calle para encontrar las pruebas. Es uno de los momentos más divertidos de la serie porque, después de cuatro temporadas, el personaje hace algo que difícilmente habríamos concebido.
Aquí la contradicción no es inmediata, sino contra la imagen que la serie ha construido de él durante años. En cuanto el público sabe que el camión de basura huye con las pruebas, da el caso por perdido. No porque sea imposible recuperarlas, sino porque Monk no puede estar ahí. ¡Pero el Sr. Monk no puede soportar un día más con la huelga de basuras!
Otro ejemplo de contradicción contra la imagen acumulada lo encontramos en Quemar después de leer. George Clooney se muestra seguro de sí mismo, seductor, competente. Cuando comenta entusiasmado que ha invertido su dinero en crear un invento, esperamos algo ingenioso o, al menos, digno de admiración, no un artilugio sexual extravagante y ridículo. El gag no está en el objeto, sino en que desbarata la imagen que la película ha construido del personaje. Esa imagen no encaja con lo que vemos.
Las contradicciones del Sr. Monk y de Clooney comparten un mismo principio: la contradicción es cómica cuando el protagonista se hace daño a sí mismo, actúa contra sus miedos o desluce la imagen que ha construido sobre sí mismo, de forma voluntaria o inconsciente.
La contradicción dramática funciona al contrario. En el piloto de Mad Men, conocemos Don Draper, a un publicista seductor que ha tenido sexo con una pintora y flirtea con una clienta de la agencia. Cerca del final del episodio toma un tren hacia una pequeña localidad donde le espera su esposa y cierra el capítulo mirando cómo duermen sus hijos. La contradicción entre el seductor y el padre de familia no tiene gracia. Lo convierte en un personaje trágico.

Conviene señalar esto porque en La tentación vive arriba el punto de partida es similar: un hombre casado, aprovechando las vacaciones de su esposa, quiere acostarse con su vecina. Pero el protagonista no lo consigue. Cada intento fracasa y cada fracaso lo empuja a hacer el ridículo. La contradicción se vuelve contra el propio personaje. Por eso es cómica.
La contradicción cómica no es solo un «quiero y no quiero». También puede ser un error de percepción.
Contradicción por error de percepción
En Regreso al futuro, Doc dice a Marty:
DOC BROWN: Quiero mostrarte mi plan para enviarte a casa. Perdona que la maqueta sea imperfecta… No tuve tiempo de construirla a escala ni de pintarla.
Quita una sábana de una mesa y revela una maqueta detallada de la plaza del pueblo.

Nos hace gracia porque lo que Doc considera un trabajo imperfecto nos parece detallado. Si simplemente hubiera dicho «te voy a mostrar el plan para llevarte a casa», no habría chiste. Pero si un millonario dijera de su colección de coches de lujo que son bagatelas, no tendría gracia porque hace una exhibición de su riqueza; para él, comprar coches es como para nosotros comprar pan.
El símbolo y la contradicción
La vida ofrece contradicciones que se detectan en dos o tres segundos. En mi aplicación de notas escribí en distintos momentos estas observaciones:
- Una furgoneta Volkswagen con simbología hippy suelta humo y explosiones.
- Un SEAT con pegatina Provida se salta tres semáforos en rojo.
- Una furgoneta de Pan (…) «blandito, hecho con el cariño de mamá» se me pega a un metro, me pita y me da luces en una carretera limitada a 80.
Un primo-hermano de la contradicción es el contraste. A primera vista parecen lo mismo, pero no lo son. Y ese matiz importa.
Contraste
Esto es contraste. En El jovencito Frankenstein:
DR. FREDERICK FRANKENSTEIN: Sabe, soy un cirujano muy bueno. Quizás pueda ayudarle con esa joroba.
IGOR: ¿Qué joroba?
Igor no contradice al doctor, que hace una observación objetiva, ni se contradice a sí mismo. Simplemente ignora la joroba.
El contraste se produce cuando dos maneras de ver la realidad chocan. En este caso, la observación racional frente a la despreocupación. La relación entre Igor y el Dr. Frankenstein funciona como en una comedia de colegas: el poli ordenado y el desordenado, el paranoico y el pasota.
En el diálogo, el contraste funciona en distancias cortas. Una joroba es una joroba. No hay más historia previa.
Otro ejemplo. Un chiste de Eugenio:
—Te veo chungo.
—Acaban de decirme que mi padre ha muerto.
—Vaya día que llevamos. Se muere tu padre y yo pierdo el boli.
La frase final no contradice, no insulta, no exagera: compara lo incomparable. Chocan lo grave y lo trivial. Ahí está la gracia. Pero ojo: no basta con juntar cosas incompatibles. Pesan el tono, el contexto y el personaje.
La frase «vaya día que llevamos. Se muere tu padre y yo pierdo el boli» no tiene gracia en boca del Joker de Heath Ledger. Es una nota amarga. Confirma su deriva mental. En boca del Joker de Nicholson, en cambio, es humor negro: otra exhibición narcisista y teatral.
Desmontar un cuadro
El contraste también sirve para desmontar un cuadro, como hace Terry Pratchett en Brujas de viaje:
Era un lugar donde se reunían las brujas. Aquella noche, un fuego chisporroteaba en la cima de la montaña. Unas figuras oscuras se movían ante la luz parpadeante. La luna se deslizaba entre un encaje de nubes. Por fin, una de las figuras, tocada con un alto sombrero puntiagudo, rompió el silencio:
—¿Queréis decir que todas hemos traído ensalada de patata?
Pratchett desmonta un cuadro solemne y, de pronto, introduce la ensalada de patata. El remate cambia un conjuro por un plato cotidiano. Así se desmonta una escena con elegancia.
Escribir lo obvio también es escribir
En medio de la borrasca Leonardo, coincido con un vecino en el ascensor y me dice:
—Vaya semanita. No para de llover.
—A ver si para —digo.
—A ver.
Subimos en silencio.
Conversaciones como estas entre vecinos o con desconocidos nos ponen cómodos. Para algunos teóricos del guion, es un pecado en la ficción que los personajes comenten lo que están viendo sin aportar nada nuevo a la imagen. Lo consideran información redundante. Así pensaba yo hace años, pero observando el humor, descubrí que, a veces, lo que nos hace reír es justo el comentario obvio. Decir que llueve cuando llueve. Lo importante es saber en qué punto de una escena, de un diálogo, esa obviedad se vuelve brillante.
Así presenta Mr. Bean un cuadro ante expertos del arte y autoridades políticas y militares:
MR. BEAN (incómodo): Bueno, hola. Soy el Dr. Bean. Al parecer. Y… y mi trabajo es sentarme a mirar cuadros.
El público aplaude entusiasmado.
MR. BEAN (animado): Eh... bueno... esto... ¿qué he aprendido que pueda decir sobre este cuadro? Pues, en primer lugar, que es bastante grande, lo cual es excelente. Porque si fuera muy pequeño, ya saben, microscópico, casi nadie podría verlo... y eso sería una verdadera lástima.
Bean no ironiza. No sabría hacerlo. Solo dice lo que ve. Lo que ve el público. Los comentarios sobre el tamaño del cuadro y qué pasaría si fuera muy pequeño no tienen gracia por sí solos. El humor aparece porque sabemos que ningún experto en arte hablaría como Bean a una audiencia instruida en un acto solemne.
Romper el momento es un mecanismo que da grandes líneas a los diálogos de humor negro. En Un funeral de muerte (UK) destacan varias, pero esta es mi línea favorita: un personaje frente al ataúd dice: «Vaya, esto es deprimente, ¿verdad?»
El personaje dice lo que muchos pensamos en un funeral, pero no decimos para guardar las formas.
La frase «Vaya, esto es deprimente, ¿verdad?» no sería graciosa en una película de casa encantada gótica. Sería igualmente obvia, pero no rompería ningún pacto social.

Pero lo obvio no solo rompe un momento solemne o grave. A veces, solo es una respuesta a lo absurdo, como en Borat:
BORAT: ¿Qué clase de perro es este?
GUARDIA DEL ZOO: Es una tortuga.
BORAT: ¿Es un gato con sombrero?
GUARDIA DEL ZOO: No. Es una tortuga con caparazón.
Los intentos de Borat de incomodar al guardián nos sorprenden, pero no funcionan como chiste. El humor surge del contraste entre lo absurdo y lo obvio. Si el guardián hubiera dado la razón a Borat o su respuesta fuera igualmente absurda, no habría chiste.

El mecanismo de «es una tortuga con caparazón» ha hecho famoso a Khaby Lame. Una persona entra al coche por la ventana o con un golpe de katana quita el tapón a una botella. A continuación, Lame abre una botella girando el tapón o entra al coche por la puerta. Podríamos pensar que el chiste está en su gesto «así se hace». Pero sus vídeos funcionarían igualmente sin su gestualidad, aunque sospecho que tendría menos alcance. Bastaría su mirada serena.
Así que no matemos las líneas de diálogos donde los personajes hablan de lo obvio. Solo hay que saber dónde colocar esas líneas para que brillen.
