Sacrificio silencioso
Haces muchas cosas por una persona.
No dices nada.
Quizás eres una de esas personas realmente generosas que no espera nada a cambio. Ni un gesto. O puede que esperes algo… Un gracias, por ejemplo. Un beso. Un revolcón. Y quizá llega un momento en el que estallas: dices todo lo que has hecho por esa persona.
—Eres mezquino —dice esa persona—. Nadie te pidió que hicieras eso. Pensé que lo hacías porque éramos amigos, porque me querías, porque…
El silencio marca la diferencia, según muchas personas, entre una buena persona y una mezquina.
El sacrificio comentado: el sacrificio mezquino
La percepción puede cambiar en la ficción.
Por lo general, si en un drama, el personaje X revela al personaje Z cuánto ha hecho por él, solemos considerar que X es miserable. Si la escena ocurre en una comedia, X es patético. Si es una película de terror o un thriller, el público recuerda un cliché: X acosará a Z.
El silencio parece dar un aura de nobleza al esfuerzo.
El personaje noble hace y calla
El héroe o la heroína silenciosa suele caer simpático al público. A quien hace sin esperar nada a cambio, en apariencia. Ni siquiera un gesto. Entonces, ocurre algo curioso: el espectador sufre, demanda al personaje que diga la verdad:
—¡Dile la verdad! ¡Está ciego!
— ¡Con todo lo que hace la madre y ella no se da cuenta!
Pero el héroe o la heroína calla hasta que las circunstancias revelan a Z que X siempre estuvo ahí. Esto no asegura a X el amor, pero basta el reconocimiento. No es raro que muchas historias acaben mirándose a los ojos.
El guionista víctima
Se respira una verdad en algunas de esas historias de sacrificio silencioso. Es probable que el guionista haya sido ese héroe o heroína que se desvivió por una madre malagradecida, un hijo rebelde o un amor imposible. Y cuando escribe, es el dios que ofrece la recompensa o la deniega porque «la vida es así».
El guionista quizá en la vida real dijo a la otra persona a la cara: «hice esto por ti, y esto y esto». Pero es probable que su personaje calle, a no ser que quiera convertirlo en miserable o patético o telenovelesco. Que el personaje obtenga la recompensa o no, es otra historia. El personaje sacrificado ya se ha ganado el cariño del público.