Pluribus: Mirar de cerca, mirar de lejos a Carol Sturka

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– Actualizado

«Carol es desagradable»

«Odio a Carol»

«Carol es el peor personaje de la televisión»

…algunos comentarios en redes y publicaciones sobre televisión. Aún no había visto la serie. (Reconozco que cada vez me cuesta más empezar una nueva). Leo una frase más:

«¿Por qué hicieron protagonista a una tipa tan miserable?»

Esto me intriga. Y comienzo a ver Pluribus.

La cámara esquiva

En el piloto escrito y dirigido por Vince Gilligan, lo primero que nos llega de Carol Sturka es su voz. Ella lee monótona un pasaje de una novela a mujeres atentas, que sonríen y suspiran mientras sostienen libros voluminosos. La cámara recorre al grupo de mujeres de izquierda a derecha.

La nuca de Carol.

Más mujeres atentas.

La cámara va de derecha a izquierda. Se detiene en la nuca de Carol. Otra vez.

La imagen completa de Carol aparece tras un bosque de cabezas. Nada hay en ella que destaque entre los tonos tierra de la librería. Un plano cercano a Carol mientras lee. Un plano que no revela una emoción definida en su rostro. No es muy diferente a un busto parlante de un canal de noticias. Conviene destacar que cuando da por terminada la lectura y sonríe, la cámara muestra a Carol en plano general. Una sonrisa lejana que me recuerda a la sonrisa de una azafata de concurso. Un adorno.

En la siguiente escena, Carol firma libros. De nuevo Gilligan abre la escena con ella de espaldas. Apenas vemos su mentón y la puntita de su nariz. Hay variedad de planos en la firma de libros, planos abiertos cuando se fotografía con su público, pero mientras Carol firma, Gilligan parece interesarse más por el público que compra las novelas que por las reacciones de Carol. Le concede, eso sí, un punto a favor: un plano cercano cuando en confidencia dice a una lectora en qué página está lo que quiere leer. Pero destaca, por acumulación, la ocultación calculada del rostro de Carol.

Somos testigos, no cómplices

Gilligan repite el recurso en las siguientes escenas del piloto: abre con Carol lejana o de espaldas, demora el primer plano frontal. No nos sitúa a su lado ni dentro de su conflicto, sino frente a ella. Nos hace más observadores que cómplices. Y cuando el primer plano llega, suele subrayar su incomodidad con los bestsellers que escribe y el desdén hacia su público. Cuando un taxista le pregunta qué ha escrito, Carol responde:

«¿Le gustan los bodrios?»

(En el documento adjunto recopilo la primera aparición de Carol en cada una de sus escenas).

Gilligan evita acercarse a la vulnerabilidad y la intimidad de Carol. Nos mantiene en una posición de observación. Me recuerda por momentos el cine de Otto Preminger (Anatomía para un asesinato, El rapto de Bunny Lake) que mira con distancia a las criaturas de sus ficciones. La diferencia con Preminger es que Gilligan no tiene reparos en acercar la cámara a Carol cuando ella se muestra desdeñosa con su obra o su público.

El drama de Carol

Como guionista, Gilligan sabe también que un personaje que muestra desdén o desprecio por los demás puede ser querido o resultar fascinante al público. Ahí están Gregory House, Sheldon Cooper o Roman Roy en Succession. Son irritantes, arrogantes, manipuladores e incluso crueles, pero conocemos el dolor físico de House y su soledad; que Cooper es un niño grande incapaz de manejar sus emociones; que Roman busca la aprobación del padre mientras este lo aplasta.

Volvamos a Carol: es atractiva, tiene éxito, dinero, es admirada… Pero la riqueza no siempre es un obstáculo para que el público ame a un personaje. El obstáculo está en que no vemos a nadie aplastándola. No sabemos si sufre dolor físico o enfermedad o si le cuesta manejarse en el mundo. Solo conocemos su deseo de escribir una novela personal. El gran público no percibe un drama inmediato en ese deseo. Para muchos espectadores, lo que dice Carol no es muy distinto al «me gustaría escribir un libro» de un compañero de trabajo o un desconocido.

Cuando vemos series como Succession o The Crown, los personajes se mueven por necesidades básicas y reconocibles: amor, aprobación, pertenencia, conservación del poder.

Así tenemos que Carol que el piloto no muestra las vulnerabilidades de la protagonista y limita el acercamiento a su rostro. De manera que cuando ocurre el evento de invasión de ultracuerpos, quizá por eso nos cuesta sentir miedo con ella o inquietud por su futuro. Nos parece un personaje que sigue el el esquema de «la última chica viva» del terror, más marioneta que víctima.

Con todo esto, la construcción de Gilligan es valiente porque convierte a Carol Sturka en una heroína improbable, pero que quizá es la que necesita esta serie.

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